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He visto el futuro: fue ayer.

Cuando escucho a algunas personas, amigos y no tanto, decir que “el rock ha muerto”, me pregunto si lo dicen habiendo tenido apagada la computadora desde hace años. A estas alturas, lo más prudente no sería pedir que reabran el CBGB, sino que tengamos acceso a bandas que se guíen más del desafío que del respeto hacia un género incólume y por momentos más papista que el Papa. La tea a seguir tal vez pueda ser la que alumbra a Stephen McBean, mandamás de Black Mountain. Él junto a su compañera en armas Amber Webber, han llegado para comandar tropas de pelucones en defensa de la perennización del Rock n’ Roll. In The Future es su segundo disco, y su título puede resultar certeramente profético: es rock puro purito, tal como debería seguir sonando. Es dueño de una grandilocuencia que te remece con categoría y señorío. Pero aquello que más me descuadra es que este quinteto de Vancouver se adueñe y haga gala de un reelaboración de influencias que son parte de una tradición netamente rockera [mira cómo se llaman, no más...], cuando otras bandas que se desviven mencionándolas no logran: Zeppelin, Sabbath, el primer Pink Floyd, y toda la psicodelia que puedas enumerar. Guitarras pesadas que van abriendo trocha, un bajo portentoso tan similar a un panzer, teclados que se elevan prístinos sobre la base rítmica de una teba sólida y segura. Tal ecuación tiene como resultado una decena de temas que se eleva incólume como cordillera serrana. Es un álbum que paga muchos homenajes, pero que se desafía a sí mismo a entregar algo más en cada track. Traspasando los terrenos del progre y el stoner [el arranque con "Stormy High", la brutal "Tyrant"], arremete con pasajes acústicos ["Stay Free"], y piezas de una belleza extraña, como “Queens Will Play”, donde la voz de Webber parece ser la conductora de una ceremonia de resucitación de zombies. No obstante, el tema clave es “Bright Lights”, un compendio de rock añejo desplegado en espectaculares 16 minutos y medio [sí, ¡¡dieciséis!!] que toma rutas inciertas pero excitantes, misteriosas pero capaces de embrujarte, ráfagas de riffs de la mejor escuela hard setentera solo aplacada por vibrantes secciones de teclados vintage entre esotéricos y relajantes. Los alaridos de la misteriosa Amber solo sirven para que te desveles hasta la medianoche con tu linterna y tu hacha. Luego de este viaje hacia lo más inhóspito que ha parido el rock en esta primera década de este siglo, solo podía llegar un cierre como “Night Walks”, cántico de misa ideal para confesar toda, todita tu maldad. No es revival, no es una trasnochada nostalgia por una época que no se vivió. Es algo que está por suceder. Flaco, olvídate de Wolfmother. Black Mountain lo logra. Aquí está tu futuro.

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El mp3 del día_

El Manza extraña a Morphine

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