Todo tiene que continuar…
Aprovechando las aventuras solistas de James Dean Bradfield y Nicky Wire, recordé lo que ambos, junto al baterista Sean Moore, editaron hace 10 años, allá en su natal Blackwood, Galés. El que para muchos es el mejor disco hecho en el Reino Unido en los ’90s. Juro que podría atreverme a firmar eso.
::manic.street.preachers::everything.must.go.[sony]
No diría que tengo muchos amigos. Pero tengo. Compartimos algunas cosas en común, aunque son pocos con los que tengo gran afinidad. Por ejemplo, muchos de ellos no han ido a verme tocar con mi banda aún. A algunos ya nos los veo, he perdido todo contacto con ellos [en esta era de la "interconexión", qué ridículo]. Pero nunca he perdido, literalmente, a ninguno. No tengo idea del hondo dolor que eso puede acarrear. Sobre todo si has compartido vida, sueños y anhelos con él. Para 1995, tras el flamígero The Holy Bible [1994], Richey James Edwards, vocalista de los Manic Street Preachers, desaparecía inexplicablemente [sigue sin ser encontrado desde el 1 de Febrero de ese año]. Meses después, con la venia de los padres de Richey, los Manics parieron tal vez su mejor disco. “Tal vez” porque puedes poner en duda eso, sí, pero definitivamente debes concordar en que es el más emotivo de todos. Un disco que marca su renacimiento como banda, con dignidad, frontal y sin lloriqueos. El cambio es notorio, y se vislumbra desde aquella portada sin “nada”. Solo un pequeño estante con la foto de los 3 integrantes del grupo. El mensaje es minimal y claro: Ellos son quienes quedan, ellos son quienes seguirán.
Su estética y su sonido se ven afectados por la partida del amigo [debes chequear fotos de la era THB, vestidos con boinas y maquillados con rimel], pero es un cambio que realza su potencial, el cual ya se olía desde su debut Generation Terrorists [faltositos pues] y su gran single “Motorcycle Emptiness”. Mejorando lo bueno que hicieron en Gold Against The Soul [mi disco preferido de la banda como cuarteto], Everything Must Go se sostiene sónicamente alejados ya de esa rabia punkekoide de muchos pasajes de sus anteriores discos. Aquí se abren paso la majestuosidad y la megalomanía. Richey aún tiene aquí un espacio en la banda, puesto que algunas de las canciones incluidas tienen letras de su co-autoría, entre ellas “Removables”, “Kevin Carter” [dedicado al aludido fotógrafo sudafricano ganador del Pulitzer quien se suicidaría víctima de una honda depresión causada por una de sus fotos], y la preciosura disco “The Girl Who Wanted To Be God”, sin embargo ya es Wire quien toma la batuta es las composiciones. Así que es por su pluma, pues, que existe “A Design For Life”, la canción-himno por la que estoy escribiendo todas estas líneas.
EMG está plagado de referencias, incluidas tanto en el nombre del disco [que en principio iba a llevar otro nombre: Sounds In The Grass, en honor a una serie de pinturas de Pollock] como en títulos de canciones y sus letras. Sus tonos son melancólicos, pero enfervorizados. No buscan deprimirte, sino sacudirte, y hasta enervarte, me atrevería a decir. Si tuviera que condensar todo en un par de líneas, sería en parte del coro de “Everything Must Go”: “If you need an explanation/then everything must go“. Va para ti, Richey.
¿10 años después, por qué habría de gustarme este disco si soy fan de Nirvana, Queen y hasta del Definitely Maybe de Oasis? Tal vez precisamente por todo eso. Porque Everything… está hecho de sentimientos y exageraciones, de orquestaciones y riffs que te desgarran, con pasión y con furia. Hecho para el amigo y para las masas a las que sienten pertenencia, dada su posición política. Un disco con amor y odio, que valgan verdades, al final viene a ser lo mismo. Por último, no tengo que darte explicaciones, pues todo debe continuar.















